Meses después estaban todos reunidos en la misma pieza. Era de noche, y nadie había podido salir a pescar; llovía en forma feroz, como si toda el agua del mundo cayera sobre aquella casa. El viento huracanado parecía querer arrancar las tejuelas del techo y las paredes, y el mar no era un ruido lejano y armonioso sino un bramido sordo y amenazador.